Ante tanto texto teatral técnicamente mal hecho o tanta versión mutilada de obras famosas, convertidas en espectáculos unipersonales, frente a esta temible corriente de ignorancia o violación o arbitrariedad contra las reglas elementales de la dramaturgia, en fin, ante este desconocimiento bárbaro de la literatura como fuente tradicional de la teatralidad, resulta siempre esperanzador que grupos como el “Teatro a la Deriva”, bajo la dirección de Douglas Salomón aborde con audacia y rigor una obra emblemática del canon dramatúrgico contemporáneo: “Días Felices” de Samuel Beckett.
La dificultad es enorme. Al mantener el Director la idea convencional de respetar el texto en todas sus palabras, puntos y comas; al querer seguir al pie de la letra las acotaciones de la obra y las anotaciones del “regiebuch” de Beckett, donde paso a paso va describiendo al detalle cómo realiza el montaje de sus propios textos —a manera de ejemplo, en la acotación del inicio se dice: “Telón de fondo — trompe l’oeil- que representa un cielo sin nubes y una planicie desnuda encontrándose en el horizonte”—. La acotación es reveladora, indica el carácter puramente teatral del escenario, nada de naturalismo: la escenografía y la utilería deben tener un valor simbólico muy marcado. No satisfecho, el autor quiere ser más exhaustivo y en el “regiebuch” detalla los colores naranja y amarillo de un paisaje desértico. Al trazarse, pues, este ilusorio límite de fidelidad al texto escrito, el Director se pone un reto muy grande de desciframiento e interpretación, debe volcarse al estudio del autor. No se trata, entonces, de adaptar la obra a las necesidades o deficiencias del grupo; todo lo contrario, se trata del universo vivo del autor, la atmósfera espacial es decisiva en Beckett, como la metáfora del montículo donde está Winnie, la protagonista.
Los personajes, en la obra de Beckett, están siempre en el último y más precario tramo de la existencia, no les duele orgánicamente casi nada, aunque padecen graves limitaciones físicas. Empero, se encuentran sumergidos en la rutina de una cotidianidad vacía, generalmente los invade un pesimismo casi que absoluto, como es el caso de Willi. La protagonista de “Días Felices” es Winnie, quien literalmente aparece en escena enterrada hasta más arriba de la cintura en un montículo, en la extraña inmensidad de un desierto sin nubes. En ese lugar, la vida no ofrece ningún motivo para la fe o la felicidad, aunque Winnie pasa sus horas estáticas recordando cosas de un pasado insignificante, estúpido, sostenida por la cháchara de su entusiasmo ridículo.
Esta puesta en escena del “Teatro a la Deriva” resuelve acertadamente algunos problemas: mantiene, por ejemplo, hasta el final el interés en un extraño relato sin argumento. La obra en sí amenaza al espectador con su deliberada monotonía, con su forma estática, con su lentitud, sus pausas y esa rara anestesia de los monólogos. No obstante, el interés se logra al elaborar actoralmente la compasiva ironía de Beckett sobre sus personajes. En el doble juego del teatro dentro del teatro, se muestra a los seres humanos en el desvalimiento de una existencia banal, gente que envejece en el tedio del no-ser, aislados de todo contexto social.
Con varios teatreros tuvimos la discusión acerca de la edad de Winnie, el personaje, y el contraste con la edad de la actriz, Mar Montoya. La cuestión era la necesidad de correspondencia o no, entre ellas. Al principio la actriz parecía demasiado joven para el papel, el texto de Beckett dice “una mujer de unos cincuenta años”, pero, cuando la describe más adelante la presenta como bien conservada, senos atractivos, escotada, redondeada y saludable. El Director tomo la decisión de mantener la juventud de la actriz, sin maquillajes de envejecimiento, más natural, su apuesta se va por la interpretación actoral, la construcción del personaje, al principio parece una meta imposible, no obstante, poco a poco se hace convincente, su expresión de banalidad y perplejidad ganan la partida.
Beckett es un dramaturgo desconcertante, insólito, se sale de la ortodoxia literaria de los géneros, no hay que ir al teatro a que nos haga pasar un rato “entretenido”: su mundo no es confortable, hiere, causa un dolor metafísico. La puesta en escena de Douglas Salomón ha consistido en evitar esas versiones “surrealistas” donde el absurdo es el tema central, donde la farsa se lleva al éxtasis y la humanidad de Beckett queda borrada en espectáculos incomprensibles. El Director ha hecho un esfuerzo notable por penetrar esta dramaturgia, cuya presencia en la historia del teatro colombiano ha sido conflictiva; en los 60–70 era políticamente incorrecta y en los 80–90 reaparece de la mano del grupo “Mapa Teatro”, quien realiza montajes estéticamente impecables, casi únicos.
No ha sido este teatro, ubicado dentro del mal llamado “teatro del absurdo”, un teatro popular, creo que sigue siendo un teatro de cámara, para minorías intelectuales, pero, encarna una explosión de protesta profunda contra la condición humana, basado en un nihilismo ciego.